¿Por qué lo llaman arrogancia cuando quieren decir carácter?


Michael Jordan era un cabrón consumado. Así, sin anestesia. Un competidor caníbal y enfermizo, alguien capaz de convertir cualquier entrenamiento en una guerra y de utilizar la humillación o la mismísima intimidación física como herramientas para espolear a sus compañeros. Su ego ocupaba el mismo espacio gigantesco que su talento, y su necesidad de ganar parecía no admitir demasiados matices. No era precisamente el yerno que toda madre habría querido tener. Sin embargo, durante años hemos celebrado cada una de esas características como parte de la leyenda de uno de los mejores deportistas de la historia.
A Michael Jordan se la traía al pairo caer bien: solo quería ganar, ganar y ganar.
Y si aún hay alguien que considere que la descripción es demasiado generosa, siempre puede recuperar las imágenes de The Last Dance. No hace falta idealizar su comportamiento ni justificar todas sus formas para reconocer una realidad más evidente: su personalidad era parte esencial de una competitividad que rozaba lo paranoico. Aquel mismo carácter que lo convertía en un compañero prácticamente insoportable formaba parte de la maquinaria competitiva que lo convirtió en una fuerza extraordinaria e indómita.
Con Kobe Bryant —salvando las distancias— ocurrió algo parecido. Con Shaq también, pero de otra manera sustancialmente distinta. Con otros grandes campeones anteriores también. Resumiendo: ninguno de ellos era un santo. Pero es que, si lo pensamos fríamente, tampoco tenían por qué serlo. La historia del deporte está plagada de personalidades difíciles, egos descomunales y tipos que jamás habrían ganado un concurso de popularidad. El caso es que, según fueron acumulando títulos, aprendimos a llamar «mentalidad ganadora» a muchas de las cosas que, en cualquier otro contexto, habríamos calificado de defectos. Siempre en todo caso, estando influenciados por gustos personales, tendencias, modas o preferencias de equipo. Estoy más que seguro de que el 80% de los fans de los Chicago Bulls de los noventa, no pasarían de las dos primeras líneas de este texto. Las cosas como son. Por eso me resulta tan curiosa la campaña de desprestigio que está creciendo —al menos en España— alrededor de Víctor Wembanyama. Y, antes de nada, aclarar que he dejado en el armario cerrada bajo llave mi camiseta de los Spurs antes de sentarme a escribir esto. Sé que los que me conocen bien no proyectarán sobre mí la sombra de la duda, pero está bien recordarlo para el resto.
Volvamos al Alien. De repente, el francés tiene un problema, o varios. Es arrogante, demasiado consciente de su talento, poco humilde, mal perdedor. Si responde a una provocación, demuestra que tiene mal carácter. Si habla de sus ambiciones, parece que se cree por encima de los demás. Si no reacciona como esperamos, encontramos una nueva prueba de que algo falla en su personalidad. Y uno termina preguntándose de manera irremediable ¿cuándo hemos decidido que, para ser un deportista extraordinario, también hay que superar un examen de buena conducta? Es algo tan sumamente ridículo, como que en los concursos de belleza hagan preguntas de geopolítica. Como decía alegremente el maestro Héctor del Mar: «Eres guapa y eres rica, ¿qué más quieres, Federica?»
Que Wembanyama se equivoca a veces es más que evidente. Que alguna de sus reacciones pueda ser criticable, también. Ni necesita, ni merece, una legión de abogados defensores ni una bula papal solo por el hecho de medir más de dos metros veinte. Si hace algo mal, se dice y punto. Y basta con escucharle después de una derrota para comprobarlo. Tras el primer partido de las Finales, no se refugió en excusas ni buscó culpables: «Jugué mal esta noche», resumió. Después de cometer un error decisivo en el segundo encuentro, volvió a asumir su responsabilidad: «La perdí. Me equivoqué». Y no hablamos de un jugador secundario tratando de quitarse presión, sino de la gran estrella de los Spurs, en el escenario más importante de su carrera. Wembanyama puede tener una confianza descomunal en lo que está destinado a ser y, al mismo tiempo, una capacidad feroz para reconocer todo lo que todavía le falta. Quizá convendría recordar ambas cosas antes de confundir su ambición con una incapacidad para mirarse al espejo.
Pero la cuestión de fondo que hoy nos trae aquí es otra: ¿por qué algunos parecen empeñados en convertir cada gesto discutible en una enmienda a la totalidad de su persona? ¿Desde cuándo confundimos la confianza con la arrogancia, la ambición con la soberbia y el orgullo competitivo con la falta de humildad? ¿Y por qué exigimos a determinados jugadores una docilidad que jamás hemos considerado imprescindible para otros grandes campeones? Quizá parte de la respuesta esté en el lugar al que ha llegado. Y lo más curioso de todo es que, cuando un jugador ofrece justamente el perfil contrario, tampoco nos vale. Si es demasiado agresivo, es un chulo; si exterioriza su ambición, es un arrogante; pero si es más tranquilo, educado y poco amigo de las estridencias, entonces le falta aura, carácter o ese instinto asesino que supuestamente distingue a los elegidos. Ahí tenemos a Jayson Tatum, a quien no le han faltado críticas por una personalidad más discreta, alejada de esa imagen de tipo duro que tantos parecen asociar al liderazgo. Porque, al parecer, tampoco basta con jugar bien, competir y ganar: hay que hacerlo con el gesto, la actitud y la dosis de agresividad que el aficionado de turno considera propios de una superestrella. Un equilibrio maravilloso, desde luego, aunque sospecho que bastante más sencillo de exigir desde el sofá que de encontrar en una pista de la NBA.
San Antonio no es una franquicia cualquiera. Durante dos décadas, los Spurs estuvieron representados por una figura que parecía diseñada en un laboratorio para encarnar todas las virtudes que nos gusta atribuir a un campeón. Tim Duncan fue un talento generacional, un competidor formidable y una personalidad pública extraordinariamente discreta. No necesitaba llamar la atención, no parecía interesado en alimentar polémicas y jamás construyó su legado a base de proclamas sobre su propia grandeza. Duncan era Duncan. Y eso, precisamente, es lo excepcional.
El problema comienza cuando una excepción se convierte en norma y una forma de ser campeón pasa a interpretarse como la única forma legítima de serlo. Porque entonces cualquier personalidad diferente parece una desviación del modelo. Y Wembanyama no es Duncan. Ni tiene por qué serlo. El francés es más expresivo, más visible, más proclive a exteriorizar sus ambiciones. No parece dispuesto a esconder que quiere ser uno de los mejores jugadores de todos los tiempos. Y quizá haya quien prefiera que un chico de su edad baje la cabeza, sonría, agradezca la oportunidad y se limite a dejar que los demás hablen de él. Pero ¿por qué tendría que hacerlo? ¿En qué momento hemos decidido que la grandeza debe anunciarse siempre con voz baja? No sabemos todavía hasta dónde llegará Wembanyama. Sería absurdo escribir su leyenda antes de que la haya construido. El talento está ahí; el resto tendrá que demostrarlo en la pista, temporada tras temporada, cuando lleguen los partidos que deciden campeonatos y las derrotas que ponen a prueba a cualquier estrella. Pero exigirle que reproduzca la personalidad de Duncan antes de haberle permitido construir la suya propia es una manera bastante peculiar de recibir a un jugador que puede cambiar el futuro de la franquicia.
Porque Jordan no fue Duncan. Kobe no fue Duncan. Shaq no fue Duncan. Tampoco LeBron. Nadie fue Tim Duncan ni lo será jamás. Cada uno encontró su propia manera de competir, liderar y relacionarse con el mundo. Algunos fueron más discretos; otros, más provocadores. Algunos construyeron su autoridad desde el silencio y otros necesitaron hacer ruido. La historia no les exigió que fueran iguales. Les exigió que estuvieran a la altura de su talento. Y aquí conviene detenerse en una contradicción que el deporte lleva décadas alimentando: nos encanta la mentalidad del campeón, pero no siempre soportamos sus manifestaciones cuando todavía no ha ganado lo suficiente como para que las interpretemos como parte de su leyenda.
La obsesión de Jordan se convirtió en mito después de seis anillos. La competitividad de Kobe adquirió una dimensión casi filosófica con la Mamba Mentality. La confianza de un campeón suele parecernos admirable cuando el palmarés confirma que tenía motivos para confiar en sí mismo. Antes de eso, es mucho más fácil llamarlo engreído. ¿Y si estamos exigiendo a Wembanyama que demuestre humildad precisamente cuando lo que necesita es una confianza extraordinaria en sus posibilidades? ¿Y si esperamos que se comporte como una leyenda consagrada mientras le reprochamos que todavía no haya hecho méritos para considerarse una?
No se trata de aplaudir cualquier salida de tono ni de defender que el talento justifica los malos comportamientos. Se trata de entender que el deporte de élite no se construye únicamente con virtudes agradables. Para llegar a lo más alto hacen falta una ambición descomunal, una tolerancia al fracaso que la mayoría no posee y una convicción casi irracional de que uno puede imponerse a los mejores. Naturalmente, tener carácter no consiste en comportarse como un imbécil, ni la arrogancia garantiza que nadie vaya a ganar un anillo. Confundir ambas cosas sería tan absurdo como pensar que todos los grandes campeones necesitan humillar a sus compañeros para competir. La cuestión es otra: para llegar a lo más alto hay que soportar la presión de creerse capaz de hacer algo que casi nadie ha conseguido, convivir con el fracaso sin renunciar a la ambición y aceptar que, si quieres ser el mejor, tendrás que exponerte a que te consideren un soberbio antes de que tus resultados hablen por ti. La confianza no te convierte en campeón, pero dudo mucho que puedas llegar a serlo si necesitas pedir permiso para tenerla.  A veces, ese carácter resulta antipático. A veces, incluso, convierte a quien lo posee en alguien difícil de soportar. La cuestión es si estamos dispuestos a aceptar esa incomodidad o si preferimos estrellas que, además de ganar, nos tranquilicen con sus modales.
Wembanyama tendrá que demostrar muchas cosas. Tendrá que ganar, aprender de sus errores, soportar la presión y descubrir qué clase de líder quiere ser. Nadie le debe un lugar entre los grandes por anticipado. Pero tampoco necesita pedir perdón por querer ocuparlo. Y, sobre todo, no necesita convertirse en Tim Duncan para merecerse ser respetado en San Antonio. Porque quizá el verdadero problema de Wembanyama no sea que se crea demasiado bueno. Quizá sea que todavía no ha ganado lo suficiente para que algunos estén dispuestos a perdonarle que lo crea.

No le pidáis a Wemby que sea Tim Duncan. Preguntaos si tiene lo necesario para ser Wembanyama.

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