Scottie Pippen: El jugador total
El plató de The Jump en ESPN rebosa la tensión y el ritmo dinámico de los grandes debates baloncestísticos. Dirigiendo la tertulia con su habitual agudeza se encuentra Rachel Nichols, y frente a ella, compartiendo espacio y complicidad, dos de las almas más competitivas que ha visto la NBA: Dennis Rodman y el propio Scottie Pippen. El debate gira en torno a la comparación de eras y leyendas, y ahí, en el centro de la polémica, toma la palabra alguien con una autoridad incuestionable en la materia. Conviene recordar sin rodeos que estamos probablemente hablando del mejor defensor puro de la historia del baloncesto, un animal competitivo que se enfrentó y secó a los mejores atacantes que ha parido este deporte, a base de instinto, inteligencia táctica y una intensidad titánica. Pese a su interminable lista de excentricidades extradeportivas, cuando Rodman abre la boca para opinar sobre el juego, el mundo del baloncesto guarda respetuoso silencio.
—«Scottie Pippen revolucionó la posición de point-forward (Alero creador de juego). Todos esos chicos altos que dominan hoy en día tendrían que darle las gracias y venir a rendirle pleitesía…»
Las palabras llevan el sello inconfundible de Rodman, fiel a su costumbre de soltar verdades como puños sin importarle a quién incomode. Lejos de la hipérbole gratuita, el reboteador más féroz de todos los tiempos ponía sobre la mesa una realidad táctica incontestable, que establece que el molde del «alero total» que hoy absorbe el juego, nació en las manos de un joven gregario de Arkansas que, a pesar de habitar bajo la interminable sombra del más grande de todos los tiempos, hacía absolutamente de todo sobre el parqué. Rodman no hablaba de un invento reciente, ni de una moda táctica de última hornada; hablaba de quien tenía sentado a su lado, el hombre que silenciosamente redefinió el ecosistema de los Bulls y de la liga entera: Scottie Pippen.
De utillero anónimo a mutante
Para entender la dimensión revolucionaria de Scottie Pippen hay que remontarse al origen del milagro, a esa anomalía biológica y competitiva fraguada en los rincones más modestos del mapa universitario estadounidense. Cuando Pippen se graduó en el instituto de Hamburg (Arkansas), apenas levantaba 1,85 metros del suelo, y operaba como un base convencional. Su desembarco en la pequeña Universidad de Central Arkansas, no vino precedido de becas doradas ni de grandes titulares; de hecho, sus primeros pasos en el campus incluyeron tareas tan mundanas como hacer de ayudante del equipo, doblando camisetas y limpiando la pista mientras su sueño de la NBA quedaba a una distancia sideral. Pero la naturaleza tenía reservado otro guion. Durante su etapa universitaria, Pippen sufrió un estirón monumental hasta encaramarse a los 2,03 metros (6’7″). Y ahí residió la verdadera génesis del prodigio: mientras su cuerpo se expandía hasta alcanzar el tamaño de un ala-pívot o alero moderno, su cerebro, su coordinación y su lectura del juego siguieron operando con el molde mental de un director de juego. Había nacido una mutación genética sobre el parqué. Un veloz base atrapado en el cuerpo de un gigante versátil.

Cuando los Chicago Bulls orquestaron aquella famosa maniobra en el draft de 1987 para hacerse con sus servicios en el número 5 —cediendo a Olden Polynice a Seattle—, la franquicia de Illinois era un ecosistema eléctrico pero disfuncional. Los Bulls respiraban al ritmo que dictaba la voracidad anotadora de un Michael Jordan imponente pero solitario, desesperado en su intento de encontrar piezas complementarias que elevaran el nivel colectivo más allá del lucimiento individual. Aquel primer curso de Pippen en la élite (1987-88) no fue un destello inmediato de superestrella, sino un proceso de cocción a fuego lento. Con unos números iniciales discretos de 7,9 puntos, 3,8 rebotes y 2,1 asistencias por noche, el joven alero necesitó su tiempo «de mili» en la liga. Tuvo que encarrilar el salto físico, ganar colmillo competitivo, y asimilar la exigencia táctica de una franquicia sometida a mucha presión. Pero bajo esa superficie de aparente adaptación silenciosa, los cimientos de la gran revolución ya se estaban colocando.
El cerrojo invisible: la defensa convertida en arte.
Porque si su mutación física y su capacidad para entender el juego desde cualquier posición llamaban la atención, fue en el costado defensivo donde Pippen empezó a dinamitar los cimientos de la liga sin hacer apenas ruido. Lejos de ser el típico anotador novato centrado exclusivamente en sumar puntos para ganarse los galones, el de Arkansas entendió desde el primer día que su billete a la eternidad pasaba por las zapatillas, el esfuerzo en la ayuda defensiva y la lectura milimétrica de las líneas de pase. Con una envergadura descomunal, una agilidad lateral impropia para su altura, y una inteligencia táctica privilegiada, Pippen no tardó en convertirse en el terror de los exteriores rivales. Poseía una versatilidad tan extraña como valiosa, pues podía emparejarse con el base rápido y escurridizo que rompía la primera línea de presión, pero a la vez gozaba de la corpulencia suficiente para aguantar los envites en el poste bajo ante ala-pívots rocosos. Esa mutabilidad defensiva total —la antesala de lo que años después perfeccionaría hasta el paroxismo— fue el pegamento invisible que transformó a unos Bulls volcados en el ataque, en una máquina competitiva inapelable. Mientras el foco mediático alumbraba los destellos ofensivos de la noche, el verdadero suelo competitivo de Chicago empezaba a construirse con solidez en cada posesión en la que Pippen decidía apagar la luz de la estrella contraria.

Con los cimientos defensivos firmemente asentados y la llegada de Phil Jackson al banquillo de los Bulls junto a la instauración del triángulo ofensivo, el juego de Pippen experimentó una metamorfosis definitiva. Dejó de ser un simple proyecto de físico privilegiado para convertirse en el cerebro operativo de la franquicia. Mientras el mundo asociaba a Chicago única y exclusivamente con el martillo pilón de Michael Jordan, por las venas de los partidos corría el criterio de Pippen.
Su consagración como el arquetipo moderno del point-forward tuvo su momento cumbre en la temporada 1993-94, la primera sin Michael Jordan en la pista tras su retirada temporal. Lejos de desmoronarse bajo el peso de la responsabilidad, Pippen firmó una campaña imperial, que silenció a los escépticos de una vez por todas. Lideró a los Bulls en puntos, rebotes y asistencias, rozando los 22 tantos por noche, ganando el MVP del All-Star Game, y demostrando que poseía la jerarquía táctica de un base clásico habitando el cuerpo de un alero de élite. Ya no era solo el socio de lujo o el escudero defensivo que le hacía el trabajo de «fontanería» a la gran estrella; era el jugador total que dictaba el tempo, rompía defensas rivales con su visión de juego periférica y resolvía partidos desde la dirección de pista. Había nacido el manual exacto que, décadas después, copiarían y replicarían las grandes superestrellas de la liga moderna.
El motor silencioso de los dos Threepeats: Two-way player antes de existir el concepto.
Hablar de las dos dinastías doradas de los Chicago Bulls —los dos mágicos threepeats (1991-1993 y 1996-1998)— sin colocar a Scottie Pippen en el epicentro táctico, es no haber entendido nada de lo que ocurrió sobre la pista. Hoy en día, la NBA mastica y repite hasta el cansancio el concepto del two-way player, el jugador total. Un jugador capaz de vaciarse atrás anulando al rival, y de decidir el partido en la siguiente posesión en ataque. Pero en los noventa, antes de que esa etiqueta se acuñara en las redacciones y despachos, Pippen ya era la encarnación perfecta de la especie.
Mientras el foco mediático cegaba a medio planeta con las exhibiciones estratosféricas de Michael Jordan, las tripas de la victoria descansaban sobre los hombros y la versatilidad infinita de Pippen. En las trincheras defensivas de aquellas series por el título, el de Arkansas era el encargado de asumir la misión suicida de apagar las luces ofensivas de los mejores exteriores rivales de la liga. Por sus manos pasaron auténticos tiranos del aro y leyendas generacionales: desde un desequilibrante Magic Johnson en las Finales de 1991, pasando por la potencia imparable de Charles Barkley y el talento clínico de Clyde Drexler, hasta maestros del perímetro como John Stockton o la furia anotadora de Gary Payton y Reggie Miller. Pippen los secaba a todos con una elegancia asfixiante, alternando robos de carrerilla, tapones en la ayuda y lecturas de anticipación que desarmaban cualquier pizarra rival. Y lo verdaderamente escandaloso, es que, tras agotar al mejor anotador del equipo contrario, cruzaba la pista para liderar la transición, romper la defensa contraria con su manejo de balón o clavar triples decisivos cuando el balón quemaba. No era un especialista defensivo que estorbaba en ataque, ni un anotador unidimensional al que había que esconder atrás; era un mutante bidireccional que dominaba los dos costados de la cancha con la misma naturalidad con la que respiraba. Y si su inteligencia táctica y su colmillo defensivo desarmaban al rival, su capacidad atlética para finiquitar las jugadas terminaba por demoler su moral. Porque debajo de esa etiqueta de elegante director de orquesta y estratega silencioso se escondía un finalizador de una violencia explosiva en campo abierto. Su larguísima zancada le permitía devorar metros en cuestión de segundos tras un robo, y cuando enfilaba el aro, las opciones defensivas se reducían a cero.
No fueron pocos los pívots y defensores insignes de la liga que aprendieron por las malas que a Pippen no se le podía conceder un ápice de ventaja en carrera. Su repertorio de mates en transición, entradas fulgurantes y suspensiones letales a media distancia destilaban una agresividad que rompía partidos. Esa facilidad insultante para pasar de apagar el fuego en su aro a machacar en la cara del rival en la siguiente posesión era la firma definitiva de un jugador imparable.
Y es que, sin quitarle ni una brizna de brillo al descomunal legado de Michael Jordan, conviene mirar más allá del foco principal para entender el secreto real de los seis anillos. Los altares de la historia rezan que el 23 gobernaba la liga con puño de hierro, pero la intrahistoria de aquellas dinastías se crio en una simbiosis perfecta. Chicago lo ganó todo porque, durante un lustro y medio, coincidieron sobre el mismo parqué el mejor atacante y el mejor defensor del mundo. Y por si la fórmula se quedase corta, en el segundo threepeat la apuesta dobló la banca juntando en la trinchera a los dos mejores defensores del globo con Pippen y el propio Rodman blindando la retaguardia. No se trata de restar méritos al mito, sino de devolverle a Pippen lo que es de Pippen. La condición de socio fundacional de una dinastía y, muy probablemente, el jugador más infravalorado de todos los tiempos, condenado de por vida a habitar bajo la alargada sombra del gigante al que ayudó a sostener en la cima.

LeBron antes que LeBron: Jugar con machete en una liga de barro.
Llegados a este punto, pronunciar las palabras mágicas —el LeBron antes que LeBron— suele provocar sarpullidos en los sectores más puristas, y en los habituales detractores del debate intergeneracional. Las comparaciones son odiosas, y más cuando se roza el sacrilegio de poner al lado de un titán contemporáneo la figura de un escudero clásico. Pero conviene hilar muy fino y poner las cartas sobre la mesa. Si hoy idolatramos a figuras de la dimensión de LeBron James, Luka Dončić o Nikola Jokić por su capacidad infinita para organizar, anotar, rebotar y secar al rival, es porque Scottie Pippen dibujó el plano maestro mucho antes de que el baloncesto moderno descubriera las virtudes del jugador total. La gran diferencia —y el matiz fundamental que desactiva cualquier acusación de hipérbole gratuita— radica en el ecosistema competitivo. Pippen no esculpió su leyenda en los espacios amplios, las reglas de máxima protección al tirador y las defensas flexibles y estériles de la NBA del siglo XXI. Lo hizo en el barro más absoluto de los noventa: una liga ultramilitarizada, de contacto físico feroz y permisividad arbitral en la pintura, donde cruzar la línea de personal requería soportar bofetones de vieja escuela, marcajes asfixiantes y una dureza en la trinchera que hoy en día provocaría suspensiones masivas.
Mientras que el baloncesto actual premia la versatilidad con alfombra roja, el de Arkansas tuvo que inventarla a machetazos. Era un director de juego de 2,03 metros al que las defensas contrarias no le regalaban ni un milímetro de carrerilla. Un creador de ventajas en una época, en la que el uno contra uno en la pintura parecía una combate de lucha libre. Si en aquel entorno de supervivencia extrema Pippen ya era capaz de subir la bola con criterio quirúrgico, liderar transiciones letales, cerrar el rebote y secar a la estrella rival de turno, imaginar lo que habría hecho con las autopistas espaciales y las ventajas tácticas de la NBA actual es, sencillamente, ensayar la ciencia ficción.
Por eso, cuando Dennis Rodman soltaba aquello de que los chicos de hoy tendrían que pagarle derechos de autor, no hablaba por hablar. Las comparaciones con The King pueden incomodar a los conversos del presente, pero la historia es terca y justa en su tramo final: antes de que el mundo inventara la etiqueta del todoterreno absoluto, un mutante silencioso de Arkansas ya lo había hecho todo en una pista de baloncesto con el cuchillo entre los dientes.
