El precio de la dignidad
Hay cosas que uno puede hacer porque son legales, hay cosas que uno puede hacer porque nadie se lo prohíbe, y hay cosas que, aun siendo legales y estando permitidas, sencillamente no las debería hacer. Porque la legalidad marca el límite de lo que podemos hacer, pero la dignidad debería marcar el límite de lo que debemos hacer. Y hoy, muy a mi pesar, toca hablar de las malditas apuestas.
Conviene empezar por lo más básico, porque a veces parece que hemos conseguido disfrazar determinadas realidades —a base de eufemismos— hasta hacerlas irreconocibles. Apostar es jugar dinero, y jugar dinero puede convertirse en una adicción. No le ocurre a todo aquel que apuesta, evidentemente, pero la ludopatía existe, está reconocida como una adicción y sus consecuencias pueden ser devastadoras. No hablamos solamente de perder dinero, hablamos de perder el control, de intentar recuperar una pérdida con otra apuesta, de mentir, de ocultar el problema, de poner en peligro relaciones personales, trabajos y oportunidades, y de necesitar incluso el apoyo económico de familiares y amigos para salir del agujero. Resumiendo: el juego destroza vidas.
Porque la ludopatía tiene una característica especialmente cruel, y es que no necesita una botella, una jeringuilla o una pastilla para entrar en una casa y empezar a hacer daño. A veces solamente necesita un teléfono móvil, una tarjeta de crédito y la esperanza de que la siguiente apuesta sea la que arregle todas las anteriores. Y cuando eso ocurre, el problema deja de ser exclusivamente económico, porque detrás de una deuda hay discusiones, mentiras, angustia, relaciones rotas, familias que intentan tapar agujeros que no han provocado y personas que terminan viendo cómo aquello que empezó como entretenimiento acaba convirtiéndose en el oscuro y malvado centro de sus vidas.
Y aquí es donde llego al infame motivo por el que estoy escribiendo esto. Hay algo que me cuesta horrores entender, y es que determinados jugadores de la NBA, auténticos iconos mundiales, hayan decidido prestar su imagen para promocionar empresas relacionadas con las apuestas. No voy a entrar en si es legal, porque lo es, tampoco voy a entrar en cuánto dinero reciben, porque cada uno es muy libre de poner precio a su imagen, y mucho menos voy a decirle a nadie qué debe hacer con su dinero. Hablo de otra cosa, hablo de responsabilidad, de influencia y de aquello que representa alguien cuando se convierte en un referente para millones de personas. Porque un jugador de la NBA no es solamente un jugador de baloncesto. Para millones de aficionados es un ídolo, y para muchísimos niños y adolescentes es algo todavía mayor, es un modelo al que quieren parecerse, alguien cuya camiseta llevan puesta, cuyos movimientos imitan en una cancha y cuyas palabras escuchan con una atención que, solamente aquellos que crecimos admirando de manera enfermiza a jugadores, podemos ser capaces de comprender. Durante décadas hemos utilizado a las grandes estrellas del deporte para vender zapatillas, coches, videojuegos, relojes, bebidas, ropa, teléfonos y prácticamente cualquier cosa que una multinacional considere susceptible de convertirse en dinero. Perfecto. Pero hay una diferencia que, para mí, resulta fundamental: no todo lo que se puede vender debería venderse utilizando a nuestros ídolos como reclamo. Porque cuando una superestrella aparece promocionando una casa de apuestas, no está simplemente haciendo publicidad. Está contribuyendo a normalizar una actividad que puede acabar convirtiéndose en una adicción. Está asociando su imagen, su éxito, su dinero y su vida aparentemente perfecta con algo que para otra persona puede terminar siendo un auténtico infierno. Y quizá alguien piense que exagero, que cada adulto es responsable de sus actos y que nadie obliga a nadie a apostar. Evidentemente. Pero tampoco obligaba nadie al niño que empieza a consumir un producto porque su ídolo lo anuncia, ni al adolescente que empieza a entender las apuestas como una parte más del deporte porque las ve integradas en cada partido, cada retransmisión y cada red social.
Y lo verdaderamente preocupante es que esto sucede mientras la propia NBA lleva años teniendo que lidiar con las consecuencias de esa relación cada vez más estrecha entre competición y apuestas. El caso de Jontay Porter terminó con su expulsión de por vida de la liga después de que la investigación de la NBA determinara que había infringido las normas relacionadas con las apuestas, y en los últimos tiempos han aparecido también otros nombres vinculados, mediante investigaciones y acusaciones federales, a presuntas tramas de apuestas, utilización de información confidencial o manipulación del rendimiento. Algunos de esos procedimientos siguen abiertos y sus protagonistas deben ser considerados inocentes mientras no exista una sentencia que determine lo contrario; otros, como el de Damon Jones, han terminado ya con una declaración de culpabilidad. No pretendo convertir esta columna en un juicio paralelo ni señalar culpables donde todavía no los hay, pero cuando el río suena, será por algo. Y cuando empieza a sonar demasiado a menudo, quizá deberíamos preguntarnos si no estamos jugando con fuego. Porque aquí no hablamos solamente de dinero o de apuestas, hablamos de la integridad de una competición y, sobre todo, de cómo el juego puede terminar entrando por una puerta y llevándose por delante mucho más de lo que uno estaba dispuesto a perder. Y eso debería hacernos pensar que ni el dinero, ni la fama, ni una posición privilegiada inmunizan contra la tentación, y mucho menos contra la adicción.
Lo que me preocupa, por tanto, no es que alguien haga una apuesta. Lo que me preocupa es que hayamos conseguido convertir las apuestas en una parte aparentemente inseparable del espectáculo deportivo, que las presentemos como algo divertido, emocionante, casi imprescindible para disfrutar de un partido, mientras las consecuencias más desagradables quedan convenientemente fuera de plano. Porque una apuesta perdida puede parecer una anécdota cuando hablamos de diez dólares, pero deja de serlo cuando se convierte en cien, mil, diez mil, cuando alguien intenta recuperar lo perdido y vuelve a apostar, cuando empieza a mentir en casa, cuando pide dinero prestado, cuando vende cosas, cuando deja de pagar facturas y cuando la familia descubre que aquello que parecía un juego llevaba meses, o años, comiéndose su vida por dentro. Y hay algo todavía más perverso. El problema no termina cuando acaba el partido. Las propias ligas profesionales estadounidenses, incluida la NBA, y sus asociaciones de jugadores han pedido recientemente a los reguladores medidas más contundentes contra quienes amenazan o acosan a jugadores, entrenadores y familiares como consecuencia de sus apuestas. Es decir, hemos creado un ecosistema en el que alguien puede perder dinero apostando sobre el rendimiento de un deportista y después considerar que tiene derecho a insultarlo, amenazarlo o responsabilizarlo de sus pérdidas.
Entonces volvamos al principio y nos hacemos la misma pregunta, ¿de verdad necesitan nuestros ídolos convertirse en la cara amable de todo esto? ¿De verdad un jugador que ha conseguido llegar a lo más alto, que tiene dinero suficiente para que varias generaciones de su familia puedan vivir sin preocupaciones, necesita poner su rostro al servicio de una industria que puede generar problemas tan graves? Evidentemente, puede hacerlo. Nadie se lo impide. Y probablemente habrá quien considere que no hay absolutamente nada reprochable en ello. Yo, personalmente, no lo veo así. Porque quizá aquí no estamos hablando de dinero, sino de precio. Del precio que cada uno está dispuesto a ponerle a su propia imagen, a sus principios, a aquello que representa y a la responsabilidad que adquiere cuando millones de personas lo convierten en un referente. Cada uno tiene derecho a decidir dónde coloca ese límite, pero también cada uno debería aceptar que los demás tenemos derecho a mirar esa decisión y preguntarnos si nos gusta lo que vemos.
Al final, todo tiene un precio. Una camiseta, una zapatilla, un anuncio, una campaña publicitaria, una publicación en redes sociales… y también una imagen. Incluso la imagen de alguien que durante décadas ha sido presentado como un ejemplo de excelencia, liderazgo y grandeza.
Porque toda dignidad, incluso la de un rey, tiene un precio.
La pregunta es cuánto vale la tuya.
