El baloncesto y yo (2)

«Aquí no tira triples ni dios»

Continuando con la serie de historias que relatan la extraña pero apasionante relación amor/odio que he mantenido con el baloncesto desde mi niñez, hoy voy a contar una bastante curiosa, de esas de las que puedes sacar incluso algo parecido a esa moraleja típica de las historias que narran en las películas.
Vamos allá.

Corría el año 1990 y yo cursaba mi primer año de instituto. Un instituto al que odié desde antes incluso de pisarlo por primera vez, pues el hecho de que mis padres me matriculasen allí, me separaba drásticamente de todos mis amigos de la infancia, que acudirían al de nuestro antiguo barrio. La excusa que utilizaron fue que como nos habíamos mudado de casa, el nuevo instituto quedaba más cerca, pero yo siempre supe que no querían bajo ningún concepto que fuera allí. Nada de lo que dije importó y, como siempre, se hizo su voluntad.
Otra vez solo ante el peligro en un ambiente “hostil” de modas, hormonas revolucionadas, peleas, lucha de tribus urbanas, abusones y tabaco en los baños. Por suerte yo vivía sumido en un mundo paralelo en el que me encontraba seguro y confiado. Aquel mundo, obviamente, era el baloncesto. El baloncesto había pasado a ser mi mayor mecanismo de autodefensa en todas y cada una de las situaciones diarias. Pensar en él, me ayudaba a soportar aquellas aburridísimas clases que jamás me importaron ni siquiera un poco, y según sonaba la campana del recreo, volaba con mi balón debajo del brazo hacia la canasta para llegar el primero y estar la media hora jugando como si no hubiera mañana. Puedo decir que me pasé el primer año de instituto casi entero vestido de chándal. No existía nada más para mí.
Pronto comencé a jugar en el equipo del instituto y a “relacionarme” con gente del mundillo. El entrenador era un tipo frío y distante al que, realmente, no parecía ni gustarle el baloncesto. No se reía nunca y no empatizaba en absoluto con nosotros. Solamente hablaba de baloncesto con su ayudante y con algún amigo de su edad que venía de vez en cuando. La verdad que nunca me importó demasiado mientras me dejara hacer lo que me gustaba que era jugar. El resto de mis compañeros me habían parecido bastante normales a primera vista, pero pronto me percaté de que me había equivocado.
Los entrenamientos se desarrollaban en un continuo clima de tensión en el que aquel hombre daba gritos a diestro y siniestro mientras los chavales intentaban, con muchos nervios y poco éxito, completar los complicados ejercicios que nos diseñaba. Fundamentos demasiado ambiciosos para niños de 15 años que no dominaban algo tan básico como el bloqueo y la continuación. Aquellos pequeños autómatas obedecían ciegamente las indicaciones de aquel tiparraco sin rechistar, pues estaban condicionados por un miedo atroz a ser excluidos del equipo o sentados en el banquillo de forma permanente. Al parecer, no hacía mucho tiempo que algunos habían sido apartados por no cumplir las estrictas normas que dictaba:  Había que dar obligatoriamente un mínimo de 5 pases antes de tirar a canasta, cada individuo no podía botar bajo ningún concepto el balón  más de 3 veces, prohibido terminantemente dar pases a una mano y, además de algunas que no recuerdo, estaba la que más furioso le ponía: Prohibido tirar triples.
Menos mal que James Harden no fue conmigo al instituto, porque se hubiera tenido que dedicar a la petanca.
A mí me daba bastante igual, pues estaba acostumbrado a obedecer órdenes que no me gustaban.  Yo no era precisamente de su agrado pues la circunstancia de haberme criado jugando en la calle, significaba que no había hecho una jugada ensayada en mi vida. Por saber, no sabía ni hacer una rueda de calentamiento sin perderme. Era algo bastante gracioso verme dar vueltas en contraataques trenzados buscando el balón y cosas así, pero Luis (así se llama el coach) pronto se dio cuenta de que yo tenía una virtud de la que el resto carecían. Sabía y quería defender.
Normalmente, los niños de colegios o institutos “de bien” no se dejaban ver por las canchas del barrio. La zona marginal de la ciudad y sus maltrechas canastas no son el ambiente idóneo para ellos, que han crecido jugando en pistas polideportivas desde infantiles, jugando en equipos con entrenadores y árbitros. Los árbitros son muy útiles para muchas cosas, sobre todo para que no te peguen. En el barrio, las cosas funcionaban de otra manera y los golpes estaban a la orden del día. Allí aprendí a tener que emplearme físicamente al 100% si quería intentar detener a rivales que, habitualmente eran superiores a mí en edad, físico o ambos. Eso en mi nuevo equipo no sucedía y a mí me resultaba extremadamente fácil defender a mis pares. No era especialmente bueno en ataque, por decirlo de una manera elegante, pero por mi voluntad defensiva me convertí en uno de los habituales de la alineación. Nunca protestaba y hacía lo poco que sabía hacer con solvencia. Puedo decir que me gané su confianza.
La tónica habitual de los partidos era que nos plantaran una zona 2 – 3 más inmóvil que un gato de escayola. Lógico en parte cuando juegas con un equipo que ni siquiera intenta tirar de tres. Las derrotas se sucedieron y con ellas comenzó a llegar mi indignación. Podía entender de alguna manera las otras normas, pero no podía comprender la prohibición de tirar triples, y más aún cuando teníamos a Javier, un compañero que era una auténtica ametralladora. Un día, Jugando un partido contra un equipo local, Javi se hartó de aquella situación, se armó de valor y cuando le llegó el balón a la frontal después del quinto pase, armó sorpresivamente el brazo y se elevó en suspensión para lanzar un triple. No recuerdo haber visto en toda mi vida otro triple entrando tan limpio por un aro. El entrenador sentó a Javi inmediatamente sin mediar palabra. Una vez concluido el partido, nos juntó en el vestuario y después de decirle a Javi que no iba a jugar más en aquel equipo, alzó la voz en tono amenazante y nos dijo:

–  ¡Aquí no tira triples ni dios! ¿Lo habéis entendido?

En ese preciso instante, el carácter rebelde que llevaba un tiempo dormido en mi interior, unido a la rabia producida por presenciar aquella cacicada, se apoderó de mí y me hizo levantarme para decir con voz firme:

– Si se va Javi, yo en el próximo partido solo tiraré triples.

 La gente enmudeció y el entrenador se me quedó mirando con una expresión que evidenciaba decepción. Yo sabía que tenía peso específico en aquel equipo y que si alguien podía atreverse a decir aquello debía ser yo. Era el que menos posibilidades tenía de ser expulsado al momento, y menos cuando el siguiente partido era contra los pupilos del hombre al que más odiaba nuestro entrenador. Me necesitaba y yo lo sabía, así que me la jugué. No os voy a negar que lo que yo esperaba que sucediera, es que el resto de mis compañeros se fueran levantando uno a uno como en las películas americanas a decir – ¡Yo también! ¡Y yo! ¡Y yo!… pero los muy cabrones se quedaron allí callados como tumbas y me vi sólo ante aquel marrón. Daba igual, estaba orgulloso de lo que había hecho y esperaba mi castigo como un guerrero.

– ¡Vale! – Dijo ante el asombro de todos el entrenador -¡En el próximo partido te tiras los triples que te salga de los cojones!

Acto seguido esbozó una sonrisa malévola y se largó.
Mis compañeros se acercaron emocionados a felicitarme y a conjeturar sobre lo que podía pasar en el siguiente partido, aunque todos coincidíamos en 2 hipótesis bastante probables. La primera era que no me dejase jugar. Era un partido muy importante para él y yo le había fallado, así que con total seguridad lo vería desde el banquillo. La otra menos probable es que me lanzase un órdago y me pusiese a jugar. Si eso sucedía, yo tenía asumido que cumpliría con mi deber moral y me tiraría el primer balón que pasara por mis manos desde detrás del arco, aunque no tocase ni aro. La suerte estaba echada…
Pasaron los días y llegó el partido. Jugábamos en un instituto en el otro extremo de la ciudad, pero yo me entretuve demasiado con unas tareas en casa y cuando quise ir a por el Bus llegaba bastante tarde. Iba con retraso y en el fondo me daba igual, porque tenía la certeza de que me iban a castigar sin jugar. Cuando llegué, di vueltas al edificio buscando la entrada, hasta que una voz familiar me gritó:

– ¡Corre a cambiarte, joder, va a empezar el partido y sales de titular!

Era el entrenador, que estaba fuera echando un cigarro con cara de pocos amigos. Entré corriendo al vestuario y mientras me cambiaba en soledad, escuchando ese inconfundible ruido de los balones botar, pensaba en lo que me había dicho Luis fuera. – ¡Voy a jugar! – Pensé.
Aquello significaba que tenía que asumir las consecuencias de mis actos y salir a tirar un triple, probablemente el último con aquel equipo. Dudé de ello, pero recordé a mis compañeros y decidí que no podía decepcionarlos. Yo había empezado aquel pulso y debía acabarlo como un hombre. Mi leyenda local se iba a escribir allí y ahora. Até mis botas con firmeza y me dirigí por el túnel hacia la pista. Cuando salí, mis compañeros me miraban y se miraban entre ellos pero ninguno hablaba. Era como si quisieran decirme algo pero nadie se atreviera.
En ese preciso instante, algo dentro de mí me hizo llevar la vista al suelo. Era la típica pista polideportiva que mezcla diferentes líneas de diferentes campos (Balonmano, vóley, etc.) pero esta tenía una particularidad muy importante.
No tenía línea de triple.

Moraleja 1 : Los entrenadores SIEMPRE tienen ases en la manga.
Moraleja 2 : Asegúrate de conocer bien la cancha donde vas a jugar.
Moraleja 3 : Olvídate de las películas americanas, es todo mentira.

Epílogo: 
Pasar de héroe a humillado en unos segundos, es un viaje tan vertiginoso de extremo a extremo del espectro emocional que marea.
Una vez recuperado de ese zarandeo moral, cogí mi maltrecho orgullo e hice lo que tenía que haber hecho hace tiempo: Marcharme de aquel lugar. Me fui sin jugar el partido, no sin antes decirle al entrenador delante de todo el mundo,  que se podía meter sus normas y su equipo por donde le cupiese. De camino al vestuario mi cabeza inició un proceso de auto-convencimiento de que lo que había hecho era lo correcto. Supongo que como le sucede a cualquiera después de tomar una decisión así. Mi dignidad valía más que una plaza en un equipo, por mucho que ansiara vestir una camiseta con un número, como los jugadores de la tele. Además, aquello no era baloncesto. No al menos el que yo conocía y del que me había enamorado locamente.
Ya en la calle, con la mente puesta en irme esa misma tarde a jugar con mis amigos del barrio para emborracharme de buenas sensaciones, llevé la última gran sorpresa del día. 9 de los jugadores del equipo también se habían ido del partido siguiendo mis pasos y dejando “compuesto y sin novia” al entrenador ante su máximo rival. Esta vez si. No puedo ni imaginar la vergüenza que aquel desenlace le supuso, pero os aseguro que pagaría por viajar atrás en el tiempo y poder verlo. El balance de la contienda fue de 10 dignidades recuperadas y un partido que nunca llegó a jugarse.
Aquella mañana, la vida nos dio a ambos una lección muy importante. A mí me enseñó que por muy controlada que creas que tienes la situación, cualquier dato que se te escape te puede hacer fracasar. El por su parte, aprendió que la concepción de un equipo juvenil debe acercarse más a una familia que a un pelotón del ejército, pues la disciplina no debe estar reñida con el buen trato y la comprensión. Al fin y al cabo, por muy bueno que seas, sin tus jugadores no eres NADA. 

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