{"id":761,"date":"2026-09-22T17:53:21","date_gmt":"2026-09-22T15:53:21","guid":{"rendered":"https:\/\/www.lapelotitanaranja.com\/?p=761"},"modified":"2026-09-22T17:53:21","modified_gmt":"2026-09-22T15:53:21","slug":"el-precio-de-la-dignidad","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.lapelotitanaranja.com\/?p=761","title":{"rendered":"El precio de la dignidad"},"content":{"rendered":"\n<p class=\"has-theme-palette-9-background-color has-background wp-block-paragraph\">Hay cosas que uno puede hacer porque son legales, hay cosas que uno puede hacer porque nadie se lo proh\u00edbe, y hay cosas que, aun siendo legales y estando permitidas, sencillamente no las deber\u00eda hacer. Porque la legalidad marca el l\u00edmite de lo que podemos hacer, pero la dignidad deber\u00eda marcar el l\u00edmite de lo que debemos hacer. Y hoy, muy a mi pesar, toca hablar de las malditas apuestas.<br>Conviene empezar por lo m\u00e1s b\u00e1sico, porque a veces parece que hemos conseguido disfrazar determinadas realidades \u2014a base de eufemismos\u2014 hasta hacerlas irreconocibles. Apostar es jugar dinero, y jugar dinero puede convertirse en una adicci\u00f3n. No le ocurre a todo aquel que apuesta, evidentemente, pero la ludopat\u00eda existe, est\u00e1 reconocida como una adicci\u00f3n y sus consecuencias pueden ser devastadoras. No hablamos solamente de perder dinero, hablamos de perder el control, de intentar recuperar una p\u00e9rdida con otra apuesta, de mentir, de ocultar el problema, de poner en peligro relaciones personales, trabajos y oportunidades, y de necesitar incluso el apoyo econ\u00f3mico de familiares y amigos para salir del agujero. <strong>Resumiendo: el juego destroza vidas.<\/strong><br>Porque la ludopat\u00eda tiene una caracter\u00edstica especialmente cruel, y es que no necesita una botella, una jeringuilla o una pastilla para entrar en una casa y empezar a hacer da\u00f1o. A veces solamente necesita un tel\u00e9fono m\u00f3vil, una tarjeta de cr\u00e9dito y la esperanza de que la siguiente apuesta sea la que arregle todas las anteriores. Y cuando eso ocurre, el problema deja de ser exclusivamente econ\u00f3mico, porque detr\u00e1s de una deuda hay discusiones, mentiras, angustia, relaciones rotas, familias que intentan tapar agujeros que no han provocado y personas que terminan viendo c\u00f3mo aquello que empez\u00f3 como entretenimiento acaba convirti\u00e9ndose en el oscuro y malvado centro de sus vidas. <br>Y aqu\u00ed es donde llego al infame motivo por el que estoy escribiendo esto. Hay algo que me cuesta horrores entender, y es que determinados jugadores de la NBA, aut\u00e9nticos iconos mundiales, hayan decidido prestar su imagen para promocionar empresas relacionadas con las apuestas. No voy a entrar en si es legal, porque lo es, tampoco voy a entrar en cu\u00e1nto dinero reciben, porque cada uno es muy libre de poner precio a su imagen, y mucho menos voy a decirle a nadie qu\u00e9 debe hacer con su dinero. Hablo de otra cosa, hablo de responsabilidad, de influencia y de aquello que representa alguien cuando se convierte en un referente para millones de personas. Porque un jugador de la NBA no es solamente un jugador de baloncesto. Para millones de aficionados es un \u00eddolo, y para much\u00edsimos ni\u00f1os y adolescentes es algo todav\u00eda mayor, es un modelo al que quieren parecerse, alguien cuya camiseta llevan puesta, cuyos movimientos imitan en una cancha y cuyas palabras escuchan con una atenci\u00f3n que, solamente aquellos que crecimos admirando de manera enfermiza a jugadores,  podemos ser capaces de comprender. Durante d\u00e9cadas hemos utilizado a las grandes estrellas del deporte para vender zapatillas, coches, videojuegos, relojes, bebidas, ropa, tel\u00e9fonos y pr\u00e1cticamente cualquier cosa que una multinacional considere susceptible de convertirse en dinero. Perfecto. Pero hay una diferencia que, para m\u00ed, resulta fundamental: <strong>no todo lo que se puede vender deber\u00eda venderse utilizando a nuestros \u00eddolos como reclamo.<\/strong> Porque cuando una superestrella aparece promocionando una casa de apuestas, no est\u00e1 simplemente haciendo publicidad. Est\u00e1 contribuyendo a normalizar una actividad que puede acabar convirti\u00e9ndose en una adicci\u00f3n. Est\u00e1 asociando su imagen, su \u00e9xito, su dinero y su vida aparentemente perfecta con algo que para otra persona puede terminar siendo un aut\u00e9ntico infierno. Y quiz\u00e1 alguien piense que exagero, que cada adulto es responsable de sus actos y que nadie obliga a nadie a apostar. Evidentemente. Pero tampoco obligaba nadie al ni\u00f1o que empieza a consumir un producto porque su \u00eddolo lo anuncia, ni al adolescente que empieza a entender las apuestas como una parte m\u00e1s del deporte porque las ve integradas en cada partido, cada retransmisi\u00f3n y cada red social.<br>Y lo verdaderamente preocupante es que esto sucede mientras la propia NBA lleva a\u00f1os teniendo que lidiar con las consecuencias de esa relaci\u00f3n cada vez m\u00e1s estrecha entre competici\u00f3n y apuestas. El caso de Jontay Porter termin\u00f3 con su expulsi\u00f3n de por vida de la liga despu\u00e9s de que la investigaci\u00f3n de la NBA determinara que hab\u00eda infringido las normas relacionadas con las apuestas, y en los \u00faltimos tiempos han aparecido tambi\u00e9n otros nombres vinculados, mediante investigaciones y acusaciones federales, a presuntas tramas de apuestas, utilizaci\u00f3n de informaci\u00f3n confidencial o manipulaci\u00f3n del rendimiento. Algunos de esos procedimientos siguen abiertos y sus protagonistas deben ser considerados inocentes mientras no exista una sentencia que determine lo contrario; otros, como el de Damon Jones, han terminado ya con una declaraci\u00f3n de culpabilidad. No pretendo convertir esta columna en un juicio paralelo ni se\u00f1alar culpables donde todav\u00eda no los hay, pero cuando el r\u00edo suena, ser\u00e1 por algo. Y cuando empieza a sonar demasiado a menudo, quiz\u00e1 deber\u00edamos preguntarnos si no estamos jugando con fuego. Porque aqu\u00ed no hablamos solamente de dinero o de apuestas, hablamos de la integridad de una competici\u00f3n y, sobre todo, de c\u00f3mo el juego puede terminar entrando por una puerta y llev\u00e1ndose por delante mucho m\u00e1s de lo que uno estaba dispuesto a perder. <strong>Y eso deber\u00eda hacernos pensar que ni el dinero, ni la fama, ni una posici\u00f3n privilegiada inmunizan contra la tentaci\u00f3n, y mucho menos contra la adicci\u00f3n.<\/strong><br>Lo que me preocupa, por tanto, no es que alguien haga una apuesta. Lo que me preocupa es que hayamos conseguido convertir las apuestas en una parte aparentemente inseparable del espect\u00e1culo deportivo, que las presentemos como algo divertido, emocionante, casi imprescindible para disfrutar de un partido, mientras las consecuencias m\u00e1s desagradables quedan convenientemente fuera de plano. Porque una apuesta perdida puede parecer una an\u00e9cdota cuando hablamos de diez d\u00f3lares, pero deja de serlo cuando se convierte en cien, mil, diez mil, cuando alguien intenta recuperar lo perdido y vuelve a apostar, cuando empieza a mentir en casa, cuando pide dinero prestado, cuando vende cosas, cuando deja de pagar facturas y cuando la familia descubre que aquello que parec\u00eda un juego llevaba meses, o a\u00f1os, comi\u00e9ndose su vida por dentro. Y hay algo todav\u00eda m\u00e1s perverso. El problema no termina cuando acaba el partido. Las propias ligas profesionales estadounidenses, incluida la NBA, y sus asociaciones de jugadores han pedido recientemente a los reguladores medidas m\u00e1s contundentes contra quienes amenazan o acosan a jugadores, entrenadores y familiares como consecuencia de sus apuestas. Es decir, hemos creado un ecosistema en el que alguien puede perder dinero apostando sobre el rendimiento de un deportista y despu\u00e9s considerar que tiene derecho a insultarlo, amenazarlo o responsabilizarlo de sus p\u00e9rdidas.<br>Entonces volvamos al principio y nos hacemos la misma pregunta, \u00bfde verdad necesitan nuestros \u00eddolos convertirse en la cara amable de todo esto? \u00bfDe verdad un jugador que ha conseguido llegar a lo m\u00e1s alto, que tiene dinero suficiente para que varias generaciones de su familia puedan vivir sin preocupaciones, necesita poner su rostro al servicio de una industria que puede generar problemas tan graves? Evidentemente, puede hacerlo. Nadie se lo impide. Y probablemente habr\u00e1 quien considere que no hay absolutamente nada reprochable en ello. Yo, personalmente, no lo veo as\u00ed. Porque quiz\u00e1 aqu\u00ed no estamos hablando de dinero, sino de precio. Del precio que cada uno est\u00e1 dispuesto a ponerle a su propia imagen, a sus principios, a aquello que representa y a la responsabilidad que adquiere cuando millones de personas lo convierten en un referente. Cada uno tiene derecho a decidir d\u00f3nde coloca ese l\u00edmite, pero tambi\u00e9n cada uno deber\u00eda aceptar que los dem\u00e1s tenemos derecho a mirar esa decisi\u00f3n y preguntarnos si nos gusta lo que vemos.<br>Al final, todo tiene un precio. Una camiseta, una zapatilla, un anuncio, una campa\u00f1a publicitaria, una publicaci\u00f3n en redes sociales&#8230; y tambi\u00e9n una imagen. Incluso la imagen de alguien que durante d\u00e9cadas ha sido presentado como un ejemplo de excelencia, liderazgo y grandeza.<br><strong>Porque toda dignidad, incluso la de un rey, tiene un precio.<\/strong><br>La pregunta es cu\u00e1nto vale la tuya.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-theme-palette-9-background-color has-background wp-block-paragraph\"><\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\"><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Hay cosas que uno puede hacer porque son legales, hay cosas que uno puede hacer porque nadie se lo proh\u00edbe, y hay cosas que, aun siendo legales y estando permitidas, sencillamente no las deber\u00eda hacer. 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